Monday, August 18, 2014

100 motivos por los que ser feliz

Hacía calor, mucho calor. Calor de ese que aletarga y te impide hacer nada. Lo único que apetecía era quedarse tirado en algún sitio de la casa donde el sol no pudiera alcanzarte. Esconderte en la sombra a esperar que la noche llegara mientras te aprovechabas de ese milagro que es el aire acondicionado.
Dudaba seriamente que pudiera haber alguien en la calle. Imaginaba las calzadas derritiéndose, las suelas de los zapatos echando humo al entrar en contacto con el suelo y el agua de las fuentes evaporándose sin descanso.
Hacía mucho calor.
El agotamiento que la temperatura me provocada mezclada con la cantidad de tiempo libre que las vacaciones me proporcionaban no me permitían moverme del sofá. El aire me daba cada diez segundos, me enfriaba los pies y pasaba de largo. Y así de forma incesante. Me pasaba las horas muertas contando los segundos que el aire a 22º me tocaba la piel para luego abandonarme.
Minuto tras minuto miraba al techo de la sala esperando encontrar una mancha nueva de pintura, una sombra nueva creada por la luz… lo que fuera. Pero nada sucedía. Ni siquiera mi cerebro era capaz de pensar nada más elaborado que “me muero de calor”.
Hasta que llegó un punto en que no pude soportarlo más, me levanté de donde estaba y me metí en la ducha. El agua fría refrescando todo mi cuerpo, despertando a mi cerebro de su aletargamiento, haciendo que todo mi ser disfrutara del momento.
Fue entonces cuando algo dentro de mí hizo click. No sé si atribuírselo al cambio de temperatura, a que mi cerebro llevaba creándolo un tiempo pero no era capaz de dejarlo salir o a la simple felicidad que me provocó entrar en contacto con el agua fría; pero tuve algo así como una idea lo bastante aceptable como para llevarla a cabo.
Desconocía si sería tan fácil desarrollarla como pensarla, pero no perdía nada por intentarlo. Usaría mi experiencia personal, mis problemas, mis vivencias y escribiría algo así como un diario sobre las pequeñas y grandes cosas que me hacían ser feliz.
La idea era que cada día me sentara frente a un papel o un ordenador a escribir algo que me había hecho feliz recientemente, algo que me hubiera llenado de felicidad durante un momento grande o pequeño. Desarrollaría cada experiencia, recogiendo cómo me había hecho sentir exactamente y por qué y lo guardaría en un lugar seguro. ¿El motivo? Era sencillo: lo guardaría para poder leerlo cuando sintiera que nada podía hacerme feliz.

Y así comenzó mi simple y enrevesado proyecto.



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